Por: Dilmer R. Alvarado Cruz
Ser crítico con Nicolás Maduro no obliga a justificar su secuestro. Condenar la deriva autoritaria de su gobierno no implica aceptar que un país externo decida, por la fuerza, quién gobierna Venezuela. Esta distinción —elemental en cualquier análisis serio— parece haberse perdido en medio del ruido. Y sin ella, no hay debate honesto ni análisis geopolítico posible.
Venezuela atraviesa un shock sistémico. El secuestro de Maduro por parte de Estados Unidos no es solo un golpe político: es una ruptura abierta del orden internacional. No se trata de simpatías ideológicas ni de defensas personales. Se trata de precedentes. Cuando se normaliza que una potencia capture a un jefe de Estado extranjero, lo que está en juego no es un gobierno, sino la arquitectura mínima que sostiene las relaciones internacionales.
Esto no absuelve a Maduro. Su gestión puede —y debe— ser cuestionada por sus prácticas autoritarias, por el deterioro institucional, por el colapso económico y por la erosión de derechos. Pero ninguna de esas críticas legitima una acción extraterritorial que viola soberanía, derecho internacional y principios básicos de convivencia global. Confundir ambas cosas es funcional al poder, no a la democracia.
En ese contexto emerge Delcy Rodríguez. Su discurso posterior al shock no fue épico ni incendiario. Fue táctico. ¿Qué podía decir después de un golpe de esta magnitud? Pidió paz, dignidad y exigió la libertad de Maduro. No porque ignore las tensiones internas, sino porque entendió que, en ese momento, el primer objetivo era evitar el colapso del Estado.
En escenarios así, el lenguaje es poder. Delcy sabía que había tres opciones: confrontar frontalmente, apartarse del centro del poder o ganar tiempo. Eligió lo tercero. No por debilidad, sino por cálculo. Y hoy, le guste o no a Washington, es la figura con mayor cohesión interna. La mujer fuerte del momento.
Donald Trump lo sabe. También sabe que Maduro no era un actor fácilmente controlable.. Su retiro forzado del tablero responde menos a una lógica moral que a una lógica de gobernabilidad imperial. En ese marco, Delcy Rodríguez aparece como una figura potencialmente más predecible. De ahí el tono moderado, casi amable, con el que fue tratada en los primeros mensajes.
¿Qué ocurre ahora en Venezuela? Bajo la superficie, algo se está negociando. El Estado no se ha desmoronado, pero tampoco está intacto. Se abre un escenario incierto: ¿habrá una reconfiguración del gobierno que permita continuidad con otro rostro? ¿Una escalada mayor? ¿Elecciones bajo tutela externa? La experiencia regional sugiere cautela: cuando la potencia dominante interviene, la democracia suele ser la excusa, no el objetivo.
En este tablero, María Corina Machado aparece claramente desplazada. Las declaraciones de Trump la deslegitima como interlocutora válida. No la considera representativa del poder real en Venezuela. El mensaje es claro: Washington no busca una oposición fuerte, sino una oposición funcional.
Lo ocurrido en Venezuela no es un hecho aislado. Es parte de una reconfiguración global donde las reglas se aplican solo a los débiles. Una reedición sin pudor de la Doctrina Monroe: América para Estados Unidos; Asia para China —con Taiwán como punto crítico—; Europa oriental como zona de disputa con Rusia. Si uno puede violar todas las normas sin consecuencias, todos quedan habilitados para hacer lo mismo.¿Y el derecho internacional? ¿La Organización de las Naciones Unidas? Reducidos a espectadores. ¿La Unión Europea? Fragmentada y reactiva. El mundo entra en una fase donde la fuerza vuelve a ser el principal argumento.
En este contexto, Honduras tampoco es ajena. Su ubicación la vuelve estratégica. Palmerola adquiere mayor centralidad en el nuevo diseño hemisférico. No por decisión soberana, sino por imposición geopolítica.
Ser críticos con Maduro no nos obliga a aplaudir su secuestro. Al contrario: condenar ambos hechos es la única posición coherente. Porque aceptar este precedente es aceptar que mañana cualquier gobierno incómodo pueda ser removido por la fuerza. Y cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser quién cae hoy. La pregunta es quién será el próximo.
Mercadólogo. Experto en Comunicación Corporativa e Institucional

